Wednesday, July 20, 2005

LA JOYA

Este cuento lo tuve que hacer para redacción...fome, no tengo nada más



Era un día como cualquiera, Juan Carlos Molina se sentó en la silla de siempre y en la mesa de siempre, cuyas migas esparcidas y tazones vacíos evidenciaban que alguien más había estado allí mucho antes que él, en algún momento remoto. Tomó las tostadas, el cuchillo y trató con fuerza untar la mantequilla, que esa mañana, particularmente, parecía resistirse a toda costa a ser esparcida por el pan. Los ojos de Juan Carlos se posaron en el tazón lleno de leche hasta el tope, que lanzaba bocanadas de vapor formando figuras caprichosas, mientras que en sus entrañas la leche parecía aguardar el momento preciso para fabricar la nata que el niño tanto detestaba.

Mascó una y otra vez el pan, y se tomó la leche despacio luego de haber retirado meticulosamente la nata que había surgido con una cuchara. Por la ventana entraba un rayo de sol tenue. Miró el reloj, miró al alrededor y a lo lejos su cama, aún desordenada, le recordó las numerosas veces en que había preferido quedarse en casa, durmiendo, viendo televisión, en vez de ir al colegio. Sus papás trabajaban todo el día y llegaban tarde, a eso de las 6 y nunca sospechaban sobre si Juan Carlos iba o no al colegio.
La tentación era grande. Se dirigió a su pieza y se sentó. Las frazadas estaban más suaves que nunca. Pensó en sacarse los zapatos, ponerse el pijama y acurrucarse en ellas, pero hoy no podía. La prueba de Historia y Geografía iba a estar difícil y necesitaba copiar. "Mañana si que sí", decidió.

Cerró la puerta tras de sí y caminó hacia el paradero. El sol apenas calentaba y sintió las manos congeladas. Tomó la micro y el incómodo viaje matutino se le hizo casi eterno, apretado como siempre, pensaba en que resistiría el día, saldría airoso de la prueba y al llegar a casa prendería el Play Station y jugaría hasta el anochecer.
El colegio El Sembrador tenía una infraestructura un poco imponente. Las rejas de la entrada, ya un poco oxidadas con el paso del tiempo, causaban en la gente el deseo de salir corriendo y no querer atravesarlas. El portero, vigilante en todo momento emitía automáticamente un "buenos días" a cualquier cosa que atravesara el umbral hacia las salas. Juan Carlos arrastrando los pies ingresó a la sala, en donde los compañeros que habían llegado antes que él rodeaban a Jorge Sepúlveda, que algo tenía en las manos. Jorge Sepúlveda había repetido, por lo menos dos años. Era alto, tenía los dientes chuecos y el pelo alborotado, era extrovertido, aveces insolente con los profesores y con frecuencia se burlaba de sus compañeros.

Juan Carlos se imaginó justamente lo que sucedía. Jorge había cumplido su promesa.
Ayer, en la tarde hablaban de pistolas. Y Jorge presumió sobre el revólver que tenía su padre en la casa, que dormía con el debajo de la almohada, que si alguien "se zarpaba" él iba y disparaba. Que era negro, grande, hermoso, no sé cuantas balas, que parecía una joya. Qué él, el mismo Jorge, lo había sacado en dos ocasiones junto a sus amigos del barrio para asaltar a algún desafortunado transeúnte. Que uno se sentía tan bien con uno de esos entre las manos.


Y Fermín, un compañero chico, flaco, ojos saltones y habla disparatada lo retó a traerla: "¿Sabís qué? A vos no te creo nada. Haber si lo traís po’, me tinca que no tenís na’ uno de esos…..y si tenís es uno de agua" Risas, risas, risas y más risas. Y la cara de Jorge desconfigurándose de ira.

Y ahí estaba, esa mañana, entre las manos de Jorge. El famoso revólver.
Sonó la campana y a grandes zancadas entró el profesor. Cerro la puerta bruscamente y los niños volaron a sus puestos y reinó el silencio.

"La prueba está suspendida. La tomaremos la próxima clase" sentenció en profesor mientras los alumnos demostraban su júbilo con cuchicheos, gestos y sonrisas. Juan Carlos se relajó. "Podría haberme quedado durmiendo"…Pero ya estaba ahí. En otro rutinario día de colegio. Y todo transcurrió normal. En el recreo, todos se acercaron a Jorge y Juan Carlos pudo tener en sus manos lo que todos ansiaban desde la mañana. Tomó el revólver bajo la atenta mirada recelosa de su "dueño". Lo acarició. Quería uno. Necesitaba uno. Era tan suave, y efectivamente…la sensación era intensa en un principio. Algo de adrenalina, ansiedad, miedo, todo mezclado para luego dar paso a una sensación calmada, confiada, distinta… se sentía uno tan bien con uno de esos entre las manos. De pronto Juan Carlos se prometió que tendría uno similar apenas pudiera, uno completamente suyo. Como lo anhelaba. Como que si no quisiera separarse nunca de el…Juan Carlos lo dejó en las manos de Jorge Sepúlveda.

El profesor de Ciencias Naturales había salido hace algunos minutos y como era costumbre el caos gobernó la sala. Carcajadas, voces, papeles volando, pisadas, el fuerte ruido de las mesas, y un revólver en la cien de Fermín.

Luego un estruendo tan fuerte que paralizó el momento. Jorge Sepúlveda dejó caer el revólver horrorizado. Fermín tenía los ojos cubiertos de lágrimas, con las manos firmes contra sus orejas. Y Juan Carlos retorciéndose, gimiendo, sollozando, apretando los dientes, mientras la sangre fluía furiosa desde su pierna y se esparcía por el suelo. Había caído seco, y ahí estaba aún, negro, suave, poderoso, como una reina en su trono, como una verdadera joya. Parecía agotado, se había deshecho de lo que lo atormentaba. Un rayo de sol se posó sobre el, acariciándolo con su tenue luz helada. Al fin, el revólver descansaba satisfecho.









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